11 febrero, 2007

LIBRO. CRIPTONOMICÓN DE NEAL STEPHENSON

"Randy siempre estaba diciéndole a la gente, sin rencor, que eran unos imbéciles. Era la única manera en que se podía hacer algo en programación. Nadie se lo tomaba de forma personal.

El grupo de Charlene se lo tomaba definitivamente de forma personal. No les ofendía que les dijesen que se equivocaban; lo que les ofendía era la suposición subyacente de que una persona podía equivocarse o tener razón sobre cualquier cosa. Por tanto, la Noche en Cuestión —la noche de la fatídica llamada de Avi— Randy había hecho lo que hacía habitualmente, que era mantenerse apartado de la conversación. En el sentido de Tolkien, no en el sentido endocrinológico o de Blancanieves, Randy era un enano. Los enanos de Tolkien eran personajes robustos, taciturnos y vagamente mágicos que pasaban mucho tiempo en la oscuridad creando a martillazos objetos hermosos, por ejemplo, Anillos de Poder. Considerarse a sí mismo un enano que había colgado el hacha de guerra durante un tiempo para ir de viaje por la Comarca, donde estaba rodeado por peleones hobbits (es decir, los amigos de Charlene), había sido muy beneficioso para la tranquilidad mental de Randy en los últimos años. Sabía perfectamente que, si estuviese implicado en el mundo académico, esa gente y lo que decían leparecería trascendental. Pero de donde él venía, hacía años que nadie les tomaba en serio. Así que se limitaba a retirarse de la conversación, beber vino, contemplar las olas del Pacífico e intentar no hacer nada demasiado obvio, como negar con la cabeza o poner los ojos en blanco.

Entonces surgió el tema de la Superautopista de la Información, y Randy pudo sentir que los rostros se volvían hacia él cuales cañones de luz, haciendo que su piel se sintiese casi palpablemente caliente.

El doctor G. E. B. Kivistik tenía algunas cosas que decir sobre la Superautopista de la Información. Era un profesor de Yale cincuentón, que acababa de llegar desde algún lugar cuyo nombre había sonado realmente genial e impresionante cuando se aseguró de citarlo varias veces. Su nombre era finés, pero era británico como sólo un anglofilo no británico puede serlo. Supuestamente estaba allí para asistir a La Guerra como Texto. Realmente estaba allí para reclutar a Charlene, y realmente «realmente» (sospechaba Randy) para llevarsela a la cama. Eso último probablemente no era cierto en absoluto, sino un simple síntoma de hasta que punto se sentía agotado en ese momento. El doctor G. E. B. Kivistik había estado apareciendo en la tele con bastante frecuencia. El doctor G. E. B. Kivistik había publicado un par de libros. El doctor G. E. B. Kivistik estaba, en resumen, explotando su opinión fuertemente contraria a la Superautopista de la Información durante más tiempo en antena de lo que merecería cualquiera que no hubiese sido acusado de volar una guardería."




Durante la segunda guerra mundial, Lawrence Pritchard Waterhouse, criptólogo y nivel ultra del departamento 2072 (19 × 109 + 1), hace su guerra particular tratando de romper los códigos nazis, y Bobby Shaftoe, marine y adicto a la morfina, hace todo lo necesario para que los alemanes no descubran que esos códigos han sido rotos.



Unos setenta años más tarde, Randy Waterhouse, hacker, y nieto de Lawrence, se embarca en un ambicioso proyecto empresarial, la Epiphyte Corporation, que tiene como fin crear la Cripta, una refugio de datos en el imaginario sultanato de Kinakuta.



Stephenson no se corta a la hora de explicar como funcionan los métodos de encriptación, aporta infinidad de detalles históricos, y mezcla personajes reales, como Alan Turing o Ronald Reagan con un estilo brillante.



En el Criptonomicón, los hackers son de verdad, no son individuos que revientan las contraseñas del sistema de la CIA en 30 segundos, probando varias veces hasta darse cuenta de que la clave es la fecha de cumpleaños de la hija del comandante… No, los hackers de Stephenson son universitarios, programadores y matemáticos.



La historia es apasionate y sobre todo profundamente divertida, escrita con un sentido del humor brillante.



Criptonomicón es una novela que se aleja de lo que tradicionalmente se entiende como ciencia ficción, a diferencia de otros trabajos de Stephenson como Snow Crash, a pesar de que algunos la engloben en este género, y es más una mezcla de novela de suspense sobre temas tecnológicos y novela histórica. Publicada en 1999 en EEUU en un solo tomo de algo más de mil páginas, aquí en España la dividieron en tres, subtitulados: El Código Enigma, El Código Pontifex y El Código Aretusa. Con lo que aquí tenemos que pagar el triple por la misma novela.



La narración se divide en dos historias ambientadas en diferentes épocas y entrelazadas por protagonistas con lazos familiares: una ambientada en la Segunda Guerra Mundial y que gira en torno a los criptoanalistas de Bletchley Park, la máquina Enigma, la guerra del Pacífico… y en la que aparecen algunos personajes históricos como Alan Turing, Douglas MacArthur o Isoroku Yamamoto, entre otros; y la otra transcurre más o menos en la actualidad, centrada en un grupo de hackers fanáticos de la seguridad y la criptografía que montan una empresa de comunicaciones.



La forma de escribir de Stephenson, simplemente genial. Original, divertido, profundo, mezcla descripciones de batallas y hechos de la Segunda Guerra Mundial muy bien documentados y plasmados, con trozos que encantarán a los fanáticos de la informática y la criptografía (llegando incluso a incluir un script en Perl, por ejemplo), pero que cualquiera puede disfrutar sin necesidad de saber de esos temas. Stephenson consigue que disfrutes tanto con la narración vertiginosa de una batalla como con la descripción profusa del método de uno de los protagonistas para preparar los mejores cereales con leche.



Criptonomicón es uno de esos libros largos que agradeces que lo sean, que deseas que nunca acabe.

1 comentarios:

A las 1:01 p. m. , Anonymous Nacho Vegas a Eurovisión ha dicho...

Se merecía un comentario de felicitación y una recomendación: adhiérase a nuestro magno plan: Nacho Vegas a Eurovisión!

Gracias

 

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