14 junio, 2006

CÓMO UNO SE CONVIERTE EN DIGRESIVO

1. Me dice mi madre que, a la hora de mi parto, hubo complicaciones y que algo salió mal y que fui declarado muerto. Después —los médicos no entendieron cómo—volví y aquí estoy. Pienso que no se puede ser más digresivo. Es decir: nacer muriéndose.

2. Pocos meses después de mi accidentado nacimiento comienzo a toser y no paro de toser. Mis padres me llevan al pediatra temiendo una tuberculosis. Buenas noticias: es un simple y precoz catarro. Pero las radiografías revelan algo inquietante: tengo una costilla extra. Soy mutante. Es decir, soy digresivo.

3. Experimento dos epifanías extraliterarias pero que acabarán influenciando para siempre la personalidad de mi prosa. Escucho por primera vez "A Day in the Life" de los Beatles, esa portentosa canción digresiva que arranca con la lectura de la primera plana de un periódico y concluye con el sonido del fin del mundo mientras se nos anuncia que Having read the book, I’d love to turn you on. Y voy al cine a ver 2001: Odisea del Espacio de Stanley Kubrick. Salgo del cine temblando, pasmado ante la idea de que se pueda contar algo así. ¿Y es que hay algo más digresivo que una película de ciencia-ficción que empieza en la prehistoria?

4. A todo esto, mis padres se separan y se vuelven a juntar y se vuelven a separar entre ellos —dejemos de lado a sus respectivas parejas ocasionales— hasta ocho veces entre mis tres y mis once años. Está claro que el amor —esa coproducción entre el corazón y el cerebro— es un sentimiento digresivo. Es por esos días que me hago adicto a la serie de televisión The Twilight Zone o Dimensión Desconocida. Esta serie me gusta porque responde al género fantástico/moral —mi favorito desde entonces— y porque el creador de la serie y autor de buena parte de los guiones, Rod Serling, aparece a modo de maestro de ceremonias al principio y al final de cada episodio unitario como una suerte de digresivo Deus Ex Machina. Una persona con voz en primera persona que comenta lo que ocurre en tercera persona a las terceras personas. Me digo que, cuando sea grande, no quiero ser sólo escritor. También quiero ser Rod Serling.

5. En algún momento de mi adolescencia me expulsan de un colegio católico. Decido no decirle nada a mis padres, fingir que todas las mañanas voy a clase cuando, en realidad, voy a una biblioteca a leer a los clásicos. Todos los días me prometo que ese será el día en que le confesaré la verdad a mis padres. Pero hay tantos libros que leer… Así, casi sin darme cuenta, pasa un año y medio.

6. En un principio, las tramas llegaban a puerto perfectas y flotantes, con la gloria de sus velas desplegadas. Ahora, en cambio, los barcos naufragan en alta mar y yo tengo que ir hasta allí e intentar decodificar el argumento a partir de los restos y frases e ideas sueltas que suben flotando hasta las olas. El desafío estará, entonces, en encontrar historias donde estas digresiones encajen. Fundo un territorio donde transcurra lo que escribo y me vuelvo todavía más digresivo. Sin duda —y para ir cerrando— la lectura de En busca del tiempo perdido, novela que para Harold Bloom equivale a el esplendor final de la novela clásica y que para mí no es otra cosa que el principio de la novela moderna. Allí —al recordarlo vuelvo a experimentar el mismo eufórico asombro— trás siete volúmenes y de miles de páginas y digresiones, faltando apenas unas líneas para el final, Proust lo interrumpe todo, deja un espacio en blanco, y nos dice a quemarropa: Lo que yo quería escribir era otra cosa, otra cosa más larga y para más de una persona. Más larga de escribir. Entonces lo entendemos: lo que hemos leído no son otra cosa que las digresiones para un futuro libro que, entonces, se promete escribir Marcel a lo largo de largas noches. Ya no se acostará temprano porque necesita escribir ese libro que, también, es el que hemos leído. Ahí y entonces, la digresión se convierte en género y en estilo literario y —del mismo modo en que se ha comido estas torpes reflexiones se traga también a esas magistrales páginas.

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