13 junio, 2006

LA SONRISA DE DAN BROWN

A ver: Brown asegura que en el fresco de Leonardo titulado La última cena, el apóstol sentado a la derecha de Jesús no es Juan sino María Magdalena. Así nomás. El problema es que Brown parece ignorar por completo la existencia de bocetos previos y consultables del gran fresco: retratos de todos y cada uno de los apóstoles donde aparecen clara y perfectamente identíficados –ahí están los nombres con su preciosa y precisa caligrafía– de puño y letra de Leonardo. Y pregunta: si –contra todaevidencia– esa figura sí fuera la de María Magdalena, entonces dónde está Juan: ¿fue al baño?, ¿salió a ver si llovía?

Otra: Brown gana páginas y nos hace perder el tiempo teorizando sobre la misteriosa ausencia en el cuadro del cáliz o santo grial (para Brown el nombre en clave del divino feto que Juan..., perdón, María Magdalena ya lleva en sus tripas) sin darse cuenta que lo que se representa en La última cena no es el momento de la eucaristía sino el instante previo en el que Jesús comunica a sus seguidores que uno de ellos lo traicionará. De ahí la expresión pasmada de los comensales que, no, no se muestran consternados porque alguien se robó una copa sino porque hay una serpiente oculta entre ellos.

Otra más: Brown advierte sobre la presencia de una misteriosa letra M en el cuadro. Juro y vuelvo a jurar que la busqué en las reproducciones y ampliaciones del megalibro que Taschen le dedicó al genio nacido en Vinci y la M no aparece por ninguna parte.

Y para ir saliendo: Brown segura que la mano del apóstol sentado junto a “María Magdalena” (no sé quién, tal vez sea la novicia rebelde con barba postiza) está ejecutando esa señal mafiosa de pasar el dedo por la garganta para comunicarle a alguien que muy pronto estará –Corleone dixit– “durmiendo con los peces” y, ahora que lo pienso, el pez es el símbolo de los primeros cristianos y cómo se le escapó semejante “descubrimiento” a Brown.

Y muchas más; pero mejor lo dejamos aquí para no perder el tiempo en otras afirmaciones todavía más delirantes de Brown como, por ejemplo, su teoría sobre el origen de los anillos olímpicos (que él atribuye a no sé cuál diosa pagana, cuando es sabido que representan el número de disciplinas olímpicas en los principios del festejo deportivo, que se pensó en ir agregando sucesivos anillos, pero que se dieron cuenta que quedaba más lindo así); su delirio en cuanto a que las plantas y portales de las catedrales góticas eran representaciones codificadas y arquitectónicas de vulvas y clítoris; o su “certeza” de que los merovingios fundaron París. Total, ya lo van a agarrar Asterix y Obelix.

Estados desunidos

El verdadero misterio, el auténtico código a develar es, sí, cómo es posible que esta novela mediocre –habiendo tantas otras novelas mediocres y mucho mejores en este género– tenga semejante éxito y goce de la patológica necesidad de ser considerada verosímil, cierta, palabra sagrada por sus lectores. Está claro que muchos de quienes consumen este libro pertenecen a esa fe del que lee, con suerte, nada más que un libro al año y que necesita creer en él con la misma pasión ya olvidada con la que alguna vez juró por La novena revelación. Pero eso no explica la cantidad de personas inteligentes que aseguran que se trata de “un buen thriller de ritmo desenfrenado” y “exhaustivamente documentado”, etc. Misterio de misterios. Que Dios y su hijo y su nieto y linaje incoporated nos ayuden.

Digamos que las sectas y las conspiraciones –desde los tiempos de los magnates Morgan y Ford iniciados en los misterios de los Protocolos de Sión, pasando por el nunca del todo esclarecido magnicidio de Kennedy, hasta llegar a estos días de comisiones investigando los cómos y porqués del 11 de septiembre– siempre han fascinado al inconsciente norteamericano y, por lo tanto, mundial. No es casual que los veteranos en estas lides Dominique Lapierra y Larry Collins –aprovechando el fragor apocalíptico de nuestros días– se hayan vuelto a juntar luego de veinticuatro años para confeccionar una oportunista remake actualizado de su propio El quinto jinete con el título de ¿Arde New York? Nada les gusta más a los norteamericanos que leer ficciones sobre su final mientras habitan una no ficción que creen inmortal, eterna. Sumarle a esta creencia en su país como manifestación geográfica del Espíritu Santo el factorconspirativo-religioso (mientras cada vez caen desde la gloria más sacerdotes pederastas) más el factor hembra prohibida (mientras se tacha de anatema el pezón oscuro de Janet Jackson) y así tenemos un lindo producto que no es otra cosa que un viejo producto con tapas nuevas pero contenidos reciclados.

Digamos que el culpable involuntario de todo este género donde la religión se mezcla con el crimen y la obra de arte –y donde la alta cultura desciende a los territorios de la novela “de género” con intenciones posmo– fue Umberto Eco con El nombre de la rosa. Digamos también en su defensa que él mismo se propuso destruir el monstruo que había creado con El péndulo de Focault: su segunda novela y un casi ilegible tractat folletinesco en el que el semiólogo se reía de los obsesivos consumidores de teorías, cábalas y rumores. Lo cierto es que Eco no lo consiguió y que hoy sus hijos bastardos se cuentan por cientos y sus lectores por millones. Y –puestos a recomendar una perversión divertida– ahí están las novelas de Christopher Golden donde una secta de benéficos vampiros se enfrenta a los demoníacos ángeles cultivados en los sótanos del Vaticano por la custodia de un “Evangelio de las Sombras”, texto/cerradura que abre las puertas del infierno o los cielos del paraíso.

Y la gente se los cree.

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