17 junio, 2006

FICCIÓN III

Pero no lo creía. Sentía que el dolor era demasiado real. Y había otro hecho acerca de su enfermedad que lo preocupaba terriblemente. Pese a todos sus esfuerzos, no había conseguido llegar a ninguna conclusión, así que no se había molestado en mencionarlo a los varios doctores y hospitales de allá abajo. Ahora ya era demasiado tarde, se sentía demasiado enfermo para poder operar con los controles del transmisor.

El dolor parecía aumentar cada vez que el satélite pasaba por encima de California del Norte.

En mitad de la noche, el clamor de los agitados murmullos de Bill Keller despertaron a su hermana.

—¿Qué ocurre? —dijo Edie adormilada, intentando descifrar lo que él quería decirle. Se senté en la cama, frotándose los ojos mientras los murmullos iban en crescendo.

—¡Hoppy Harrington! —estaba diciendo su hermano, muy dentro de ella—. ¡Se ha apoderado del satélite! ¡Hoppy se ha apoderado del satélite de Dangerfield! —Siguió hablando excitadamente, repitiendo lo mismo una y otra vez.

—¿Cómo lo sabes?

—Porque el señor Bluthgeld me lo ha dicho; está ahí abajo ahora, pero todavía puede ver lo que ocurre arriba. No puede hacer nada y está furioso. Sigue sabiéndolo todo acerca de nosotros. Odia a Hoppy porque fue Hoppy quien lo estrellé contra el suelo.

—¿Y qué hay de Dangerfield? —preguntó ella—. ¿También está muerto?

—Todavía no está ahí abajo —dijo su hermano, tras una larga pausa—, así que imagino que no.

—¿A quién debo decírselo? —preguntó Edie—. ¿Lo que ha hecho Hoppy?

—Díselo a mamá —respondió su hermano con tono de urgencia—. Pero díselo ahora mismo.

Saltando de la cama, Edie echó a correr hacia la puerta y atravesé el pasillo en dirección al dormitorio de sus padres; abrió la puerta, exclamando:

—Mamá, tengo que decirte algo... —y entonces le falló la voz, pues su madre no estaba allí. Sólo había una persona tendida en la cama, su padre. Su madre —lo supo instantánea y definitivamente —se había ido, y no volvería nunca.

—¿Dónde está? —clamó Bill dentro de ella—. Sé que no está aquí; no puedo sentirla.

Lentamente, Edie cerró la puerta del dormitorio. ¿Qué puedo hacer?, se dijo. Anduvo maquinalmente, temblando bajo el frío de la noche.

—Estate quieto —le dijo a Bill, y sus murmullos bajaron de volumen.

—Tienes que encontrarla —estaba diciendo Bill.

—No puedo —dijo ella. Sabía que era imposible— Déjame pensar en qué podemos hacer —dijo, regresando a su propio dormitorio en busca de su bata y sus zapatos.

Dirigiéndose a Ella Hardy, Bonny dijo:

—Tiene usted una casa muy bonita aquí. Es extraño hallarme de nuevo en Berkeley, después de tanto tiempo. —Se sentía literalmente exhausta—. Creo que será mejor que me acueste un rato —dijo. Eran las dos de la madrugada. Mirando a Andrew Gill y Stuart, añadió—: Hemos venido condenadamente aprisa, ¿no? Hace apenas un año hubiéramos necesitado como mínimo otros tres días.

—Sí —dijo Gill, y bostezó. También se le veía cansado; había conducido la mayor parte del tiempo, ya que era su coche de caballos el que habían tomado.

—Señora Keller —dijo la señora Hardy—, ésta es la hora en que generalmente sintonizamos el último pase del satélite.

—Oh —dijo ella, sin importarle en lo más mínimo pero sabiendo que era inevitable; tendrían que escuchar al menos algunos instantes, por educación—. Así que aquí tienen dos transmisiones por día.

—Sí —dijo la señora Hardy—, y francamente creemos que vale la pena aguardar a recibir la segunda, aunque en estas últimas semanas... —hizo un gesto—. Supongo que usted sabe tan bien como nosotros lo que ocurre. Dangerfield está tan enfermo.

Permanecieron unos instantes en silencio.

—Hay que enfrentarse a este hecho brutal —dijo Hardy—. Durante los últimos días no hemos conseguido captar nada, excepto ese programa de música ligera que transmitía una y otra y otra vez, automáticamente... así que... —Miré a su alrededor, a los cuatro—. Es por eso por lo que estamos tan interesados en la emisión de esta noche.

Pero tenemos tantas cosas que hacer mañana, pensó Bonny. Claro que tiene razón; hemos de quedarnos, esto también es importante. Debemos saber qué está ocurriendo ahí arriba en el satélite; tantas cosas dependen de ello. Se sintió triste. Walt Dangerfield, pensó, ¿te estarás muriendo ahí arriba, solo? ¿Estarás ya muerto y nosotros aún no lo sabemos?

¿Va a sonar esa música ligera para siempre?, se dijo. ¿Al menos hasta que el satélite caiga finalmente a la Tierra o derive al espacio para ser atraído por el sol?

—Pondré la radio —dijo Hardy, consultando su reloj. Cruzó la habitación hacia el aparato y giré cuidadosamente el dial—. Necesita mucho tiempo para calentarse —se disculpó—. Creo que tiene alguna lámpara estropeada; hemos solicitado a la Asociación de Arreglalotodo del West Berkeley que vengan a echarle un vistazo, pero están tan atareados, tienen todo el tiempo tomado, dicen. Le echaría un vistazo yo mismo, pero... —se alzó de hombros resignadamente—. La última vez que intenté arreglarla todavía la dejé peor.

—Va a hacer usted que el señor Gill se asuste y se marche —dijo Stuart.

—No —dijo Gill—. Lo entiendo. Las radios son competencia de los arreglalotodo. Ocurre lo mismo en West Marin.

Dirigiéndose a Bonny, el señor Hardy dijo:

—Stuart dice que usted había vivido aquí.

—Trabajé durante un tiempo en el laboratorio de radiaciones —dijo Bonny—. Y luego trabajé en Livermore, también para la Universidad. Por supuesto... —vaciló— está todo tan cambiado ahora. No reconocería Berkeley. No he reconocido nada de lo que hemos pasado excepto quizá la propia avenida San Pablo. Todas esas pequeñas tiendas... parecen nuevas.

—Lo son —dijo Dean Hardy. La radio empezó a emitir estática y se inclinó atentamente hacia ella, acercando el oído—. Generalmente captamos esta última emisión en los 640 kilociclos. Perdonen. —Les dio la espalda, atento a la radio.

—Subamos la lámpara de grasa —dijo Gill—, y así podrá sintonizaría mejor:

Bonny hizo lo indicado, maravillándose de que allí en la ciudad siguieran dependiendo todavía de las primitivas lámparas de grasa; había supuesto que habrían restablecido la electricidad, al menos parcialmente. En algunos aspectos, se dio cuenta, estaban realmente más atrasados que en West Marin. Y en cuanto a Bolinas...

—Ah —dijo el señor Hardy, interrumpiendo sus pensamientos—. Creo que lo tengo. Y no es música ligera. —Su rostro brillaba y relucía.

—Oh, querido —dijo Ella Hardy—, rezo al cielo porque se encuentre mejor. —Junté ansiosamente las manos.

Una amistosa, informal, familiar voz surgió con fuerza del altavoz:

—Hey, saludos a todos, amable gente nocturna de ahí abajo. Como tendrían que haber supuesto, aquí estoy, diciéndoles hola, hola y hola. —Dangerfield rió—. Sí, amigos, aquí estoy dando vueltas de nuevo, otra vez sobre mis piernas. De nuevo dándole a todos esos botones y mandos y demás controles como loco... sí, señores. —Su voz era cálida, y los rostros alrededor de Bonny se relajaron también, y sonrieron junto con la alegría contenida en aquella voz. Las cabezas asintieron aprobadoramente.

—¿Lo oyen? —dijo Ella Hardy—. Bueno, está mejor. El mismo lo dice. No son sólo palabras, puede notarse la diferencia.

—Hude hude hu —dijo Dangerfield—. Bueno, ahora, déjenme ver; ¿qué noticias hay? ¿Han oído hablar de ese enemigo público número uno, ese antiguo físico que todos recordamos tan bien, nuestro buen viejo doctor Bluthgeld, o como yo le llamo doctor Bloodmoney? Supongo que todos ustedes sabrán ya que nuestro querido doctor Bloodmoney ya no está entre nosotros. Sí, eso es.

—He oído rumores acerca de ello —dijo el señor Hardy excitadamente—. Un buhonero que vino en globo procedente del condado de Marin...

—Chist —dijo Ella Hardy, escuchando.

—Sí, realmente —estaba diciendo Dangerfield—. Una cierta persona de California del Norte se encargó del doctor B. De una vez por todas. Y tenemos una genuina deuda de gratitud hacia esa persona, debido a que... bueno, consideren solamente esto, amigos; esa persona está parcialmente incapacitada. Y, sin embargo, ha sido capaz de conseguir algo que nadie antes había conseguido. —Ahora la voz de Dangerfield era dura, intransigente; era un nuevo sonido que ninguno de ellos había oído nunca antes. Se miraron intranquilos—. Estoy hablando de Hoppy Harrington, amigos. ¿No conocen ustedes este nombre? Deberían conocerlo, ya que sin Hoppy ninguno de ustedes estaría ahora con vida.

Philip K. Dick Dr Bloodmoney, 1965

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