08 diciembre, 2006

JOHN CHEEVER

"Hay un cuento mío titulado "El marido rural" que culmina con algo así como diecisiete imágenes, incluyendo a un perro con un sombrero en su boca, creo, y un tren, y una estrella, y un gato con un vestido, y un hombre y una mujer, y más. Todo eso al mismo tiempo, y es un efecto maravilloso. Es una de las cosas más excitantes que le puede suceder a uno, pienso. Recuerdo haberlo escrito y salir corriendo de la habitación gritando "¡Miren! ¡Miren!""
John Cheever



Nadie le pide coherencia a nadie. Porque nadie es enteramente coherente. Hay que desconfiar en los que se dicen ser “de una sola línea”. Cuando alguien se pone como ejemplo de coherencia entre lo que dice y lo que hace, hay que arrancar lo más lejos que se pueda de él. Cheever como escritor es coherentemente sólido, pero como persona es pura contradicción. Por un lado: protestante, conservador, casado con hijos, lector de Ovidio, Virgilio y Homero. Por otro: homosexual, alcohólico, drogadicto, fumador empedernido. Ahí está John Cheever, un miembro representativo de la especie humana. Alguien en quien confiar.

La “realidad”, la vida como se aguanta, es algo que está ahí, que simplemente pasa. No hay un “deber ser” para lo que ocurre, el universo simplemente es. Y nosotros entendemos poco y nada. De ahí que el mundo nos parezca un lugar tan caótico. En este sentido las contradicciones sólo aparecen cuando a alguien se le ocurre hablar sobre lo que nos pasa. Porque sólo entonces sacamos de los bolsillos nuestras creencias, aspiraciones y criterios de lo bueno y lo malo que hay en el mundo. Es cuando narramos la vida que nos ponemos pesados y nos da por criticar. Pero como no podemos evitar las ganas de contar todo lo que ocurre a nuestro alrededor, encontramos contradicciones en todos lados. Y así es como descubrimos que somos imperfectos, incoherentes, estúpidos y, en suma, contradictorios. Algo así como John Cheever, un miembro representativo de nuestra especie.

Cheever, el autor, es algo muy distinto. “No poseemos más conciencia que la literatura”, dice. “La literatura ha sido la salvación de los condenados, ha inspirado y guiado a los amantes, vencido la desesperación, y tal vez en este caso pueda salvar al mundo”. Sí, salvar al mundo, cree Cheever. Y en este caso, en su caso, con su obra, salvar de paso a sus lectores.

Uno lee siempre a los críticos literarios hablando sobre escritores que quieren volver a “paraísos perdidos”, o que habitan “paisajes láricos” y esas frases toman la forma de un gran bostezo. Bueno, Cheever habla sobre lo mismo, pero desde la perspectiva de la clase media norteamericana. Es el cronista del existencialismo “en la medida de lo posible”. En sus relatos vemos a vecinos de suburbio buscando, sin saberlo, las respuestas al sentido último de la vida. Porque Cheever es uno de ellos, por eso escribe fuera de las fronteras del edén. Sus historias nacen de la mirada de un observador que no fue invitado a la fiesta del barrio. Y es entonces cuando su pluma adquiere ribetes místicos. Porque cuando Cheever describe los suburbios, y de paso a la “América profunda”, lo hace a sabiendas de que el paraíso está lejos de encontrarse allí; de que el cielo en la tierra es un postulado tan absurdo como el de la pretensión de una borrachera sin resacas.

Y es aquí donde se entiende porqué la persona John Cheever es el imprescindible reflejo simétrico del Cheever escritor. Porque el único lugar donde es posible armar a voluntad ese caótico estado que es la existencia se encuentra dentro de una página de papel; a veces es ahí, y sólo ahí, donde nuestras vidas pueden aspirar a escapar del absurdo y apelar a la redención. Porque lo que sigue al punto final de un relato es lo más parecido a ese descanso eterno que soñamos después de la muerte.

Semanas antes de morir, en una entrevista, habla Cheever sobre el Más Allá:

“Nunca me he hecho esa pregunta porque es algo que me parece poco importante. Lo que a mí me preocupa es sacarle todo el provecho posible al mundo en que me encuentro. Y subrayo la idea de ‘me encuentro’. Porque se trata de un mundo al que no llegué por casualidad o en el que yo me haya adentrado. Es un mundo en el que me pusieron. Y darle algo de sentido y orden a este mundo siempre me ha parecido la más interesante de las empresas posibles”.

***

Me llamo Johnny Hake. Tengo treinta y seis años, y descalzo mido un metro setenta, desnudo peso setenta kilogramos, y por así decirlo ahora estoy desnudo y hablando a la oscuridad. Fui concebido en el Hotel Saint Regis, nací en el Hospital Presbiteriano, me crié en Sutton Place, fui bautizado y confirmado en San Bartolomeo, estuve con los Knickerbocker Greys, jugué al fútbol y al béisbol en Central Park, aprendí a actuar en el marco de los toldos de las casas de apartamentos del East Side, y conocí a mi esposa (Christina Lewis) en uno de esos grandes cotillones del Waldorf. Estuve cuatro años en la Marina, ahora tengo cuatro hijos, y vivo en una zona periférica llamada Shady Hill. Tenemos una bonita casa con jardín y un lugar exterior para asar carne, y las noches de verano, cuando me siento allí con los niños y miro la pechera del vestido de Christina que se inclina hacia delante para salar la carne, o que simplemente contempla las luces del cielo, me emociono tanto como puede ser el caso con actividades más temerarias y peligrosas, y creo que a eso se refieren cuando hablan del sufrimiento y la dulzura de la vida [...]

El ladrón de Shady Hill

Era uno de esos domingos de mediados del verano, cuando todos se sientan y comentan:
-Anoche bebí demasiado. -Quizá uno oyó la frase murmurada por los feligreses que salen de la iglesia, o la escuchó de labios del propio sacerdote, que se debate con su casulla en el vestiarium, o en las pistas de golf y tenis, o en la reserva natural donde el jefe del grupo Audubon sufre el terrible malestar del día siguiente.
-Bebí demasiado -dijo Donald Westerhazy.
-Todos bebimos demasiado -dijo Lucinda Merrill.
-Seguramente fue el vino -dijo Helen Westerhazy-. Bebí demasiado clarete.
Esto sucedía al borde de la piscina de los Westerhazy. La piscina, alimentada por un pozo artesiano que tenía elevado contenido de hierro, mostraba un matiz verde claro. El tiempo era excelente. Hacia el oeste se dibujaba un macizo de cúmulos, desde lejos tan parecidos a una ciudad -vistos desde la proa de un barco que se acercaba- que incluso hubiera podido asignársele nombre. Lisboa. Hackensack. El sol calentaba fuerte. Neddy Merrill estaba sentado al borde del agua verdosa, una mano sumergida, la otra sosteniendo un vaso de ginebra. Era un hombre esbelto -parecía tener la especial esbeltez de la juventud- y, si bien no era joven ni mucho menos, esa mañana se había deslizado por su baranda y había descargado una palmada sobre el trasero de bronce de Afrodita, que estaba sobre la mesa del vestíbulo, mientras se enfilaba hacia el olor del café en su comedor. Podía habérsele comparado con un día estival, y si bien no tenía raqueta de tenis ni bolso de marinero, suscitaba una definida impresión de juventud, deporte y buen tiempo. Había estado nadando, y ahora respiraba estertorosa, profundamente, como si pudiera absorber con sus pulmones los componentes de ese momento, el calor del sol, la intensidad de su propio placer. Parecía que todo confluía hacia el interior de su pecho. Su propia casa se levantaba en Bullet Park unos trece kilómetros hacia el sur, donde sus cuatro hermosas hijas seguramente ya habían almorzado y quizá ahora jugaban a tenis. Entonces, se le ocurrió que dirigiéndose hacia el suroeste podía llegar a su casa por el agua.[...]

El nadador

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