14 febrero, 2007

LEGUMBRES

¿Conoces, ese dolor bajo el cráneo, un dolor agudo subcutáneo, como una filtración desde las meninges y que tiene correlación con una sensación de líquido derramado, algo similar a como si aquella cavidad en que se halla perdiera por algún orificio insospechado, algo de masa encefálica? No soy capaz de hacerme una ligera idea, la enfermedad penetra allí y, si como digo, quieres hacerte una ligera idea de las consecuencias derivadas, la infección llega a una parte todavía más recóndita del organísmo y, todavía el padecimiento empeora, se acentúa más y la dolencia se hace todavía más punzante, apoderándose de este modo de todo el sistema nervioso. Por así decirlo te conviertes en un cuerpo dilapidado e inútil, incapacitado de por vida, a desarrollar las facetas más básicas en relaciones interpersonales. Entonces, lo mejor que puedes hacer, es buscar refugio dentro de una habitación cerrada, cálida y oscura. Una sudoración inevitable, mucho más profusa una vez incosciente, para luego despertar empapado y a expensas del ir y venir de los escalofríos. Presa del delirio y las convulsiones me limité a agarrarme del ángulo de la mesilla de noche, cosa que hizo que al inclinarla sobre mi posición, la pieza de mármol que la coronaba se deslizara sobre mi tórax. Luego, al intentar moverla con los brazos flexionados, me vencí hacia un lado, cosa que hizo que con medio cuerpo fuera de la cama, instantes antes de rozar el suelo, mi mandíbula se diera un fuerte golpe con la antes mencionada mesilla. A consecuencia del golpe, uno de los huesos temporales de mi malograda mandíbula cedió a desencajarse. Desde entonces, aunque la mandíbula consiguió responder de manera magnífica a la posterior operación quirúrgica, mi semblante no ha vuelto a ser el mismo.

El otro día después de una breve sobremesa con café y pan de jengibre, rompiendo con la rutina de siempre, me llevé algo de trabajo de la oficina a casa. Encendí como cada tarde el ordenador, y decidí abrir un momento el messenger y ponerme visible. Raramente había alguién conocido conectado por aquel medio, a primeras horas de la tarde. Sin embargo alguién recientemente añadido en mi lista de amigos me abrió mensaje en una ventana a parte. Al principio no fui capaz de reconocer el nick-name y me limité a responder a su “hola” con otro “hola” seguido de un “kien eres?” “soy sncf”. Recuerdo haber estado hablando por el chat de voz con él durante horas, la última vez fue hace tres o tres meses y medio, las relaciones en la red me funcionaban así. Estaba inusualmente alegre, bromeando como siempre, ambos conseguíamos arrancarnos la carcajada mutuamente. Sana terapia si no tienes cosa mejor que hacer. Mi sorpresa vino cuando me hizo saber que nuestra relación virtual, había funcionado como revulsivo en su poco gratificante trabajo de camarero y le había hecho olvidarse de tener que cumplir cada noche con la parienta, ya que como me confesó más tarde, se sentía interesado en experimentar algo guarro con los de su mismo género. En definitiva había conseguido otro trabajo mejor remunerado y menos exigente y con su mujer y su hijo, era ahora más feliz que nunca. De todos modos le pregunté, si seguía teniendo fantasías homo eróticas y me confesó que sí, pero que de momento con su nuevo trabajo y una esposa que no le agobiara tanto se conformaba. Bueno, esto suponía solamentete un punto y aparte en la breve andadura de este chaval por el lado salvaje.


Siempre me quedo con las ganas de preguntarle a mi analísta, si todos esos libros caros que luce en sus estanterías sirven para algo o simplemente busca precedentes sobre mi caso, en el que no parece poner mucho interés. Le digo que me encuentro igual que siempre y me receta otro medicamento nuevo que acaba de salir. Me suelta su perorata, de siempre, sobre la imposibilidad de vivir la vida en total soledad, “el ser humano es una especie social”. Es incapaz de recordar mi historial si no lo tiene enfrente, incluso creo, que a veces me confunde con otro de sus pacientes. Para colmo la sesión siempre se ve interumpida por alguno de sus pacientes chiflados, que le llama a esas horas con un ataque de ansiedad. Esto precisamente es lo que me imposibilita para decirle lo que realmente pienso sobre él y sobre sus métodos. No he conocido persona más anodina e insustancial en mi vida, se limita a pasearse por la sala con el móvil, o rebuscando entre sus archivos, incluso creo que busca fotos de chicas guarras mientras introduce una nueva coyuntura en su jerga médica de leguleyos. Sus pacientes se dividen en lo que muestran una patología esquizoide y los verdaderos esquizofrénicos, no hay otro posible diagnóstico. Y, ya se que a menudo, me comunico con expresiones inconexas y un lenguaje esquivo y de resultas esquizo. En éste sentido por esa simple ecuación, todo el mundo tiene algo de esquizofrénico, pero mejor separemos es comportamiento esquizoide de la grave enfermedad de la esquizofrenia. En este sentido uno sale del médico, contento de que le hayan detectado una enfermedad patológica, nueva que supone una fácil explicación de su usual bajo estado de ánimo. Podríamos incluso hurgar un poco más en el armario y dividirnos, ahora sin la ayuda profesional, como individuos con un transtorno unipolar e individuos con un transtorno bipolar. De vuelta a la habitación, un solitario ejemplar en rústica del ilegible “Ser y Tiempo”, destaca por encima de caros volúmenes en piel.

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