29 junio, 2006

OCUPAR BUTACA

GERRY. Gus Van Sant . Tirarse al vacío sin paracaídas debe ser lo mismo que empezar desde cero: un ansia de muerte y un anhelo de renacimiento. Era evidente que Gus Van Sant quería deshacerse de una mochila llena de piedras (y dólares) que empezaba a resultar demasiado pesada. Desde su remake de Psicosis, que podía entenderse como una broma conceptual o como un ejercicio de estilo con ganas de provocar, el director de Drugstore Cowboy nos estaba explicando, a su manera irónicamente oblicua, que quería desaparecer. Lo hizo, y resucitó, anticipando la violenta belleza de Elephant, con este Gerry que es a la vez un borrador y una depuración extrema y minimalista de la que iba a convertirse en su doble Palma de Oro. No es Gerry una película fácil porque exige del espectador un nivel de participación solidario y entregado. Como el Sleep o el Empire de Andy Warhol (o el Wavelenght de Michael Snow), Van Sant propone un cine de no-acción donde las coordenadas de espacio y tiempo se reúnen en un punto de fuga que desconocemos. Es, no obstante, una no-acción circularmente dinámica que se materializa en un western abstracto, un cruce entre el paisajismo existencial de John Ford o Anthony Mann y el cruel teatro del absurdo de Beckett.

Largos planos secuencia contemplan el naufragio de dos jóvenes llamados Gerry en un desierto cada vez más horizontal, cada vez con menos horizonte. Casi sin diálogos (los que hay son improvisados por los actores Matt Damon y Casey Affleck), Gerry ofrece una excelente oportunidad al espectador contemporáneo de relacionarse activamente con el texto fílmico; de comprender, en definitiva, en qué consisten los lazos entre imagen y sonido, cuál es el papel del fuera de campo en la construcción de la coreografía de ritmos de dos rostros que cabalgan juntos, cómo inventar dos personajes que son el reflejo mutuo del Otro y contemplar el modo en que se integran en el paisaje. No hay otro camino que interpretar y llenar huecos en un lienzo sólo parcialmente coloreado por el director. Por ejemplo, en una secuencia, que dura casi los diez minutos que tarda el sol en amanecer, vemos cómo los dos Gerrys, diminutas figuras en la frontera izquierda del plano, se mueven torpemente, hastiados por el calor y el cansancio, como zombis a punto de volver a morir. Es entonces cuando, con la diáfana claridad de un maestro zen, Gus Van Sant nos obliga a morir como espectadores convencionales, a limpiar nuestra mirada para transformarnos en un solo Gerry quemado por el sol, víctima y verdugo, silente voz de la conciencia de una obra maestra absoluta a la que sería injusto darle la espalda.


MADERLAY. Lars Von Trier. Si a alguno le queda alguna duda sobre la capacidad de hacer el mal de este perverso a la vez que brillante cineasta, sólo tiene que echarle un vistazo a Cinco condiciones y comprobar lo lejos que puede llegar en ese sentido. Manderlay es la segunda parte de la trilogía ‘americana’ que el provocador cineasta danés ha construido alrededor del idealista personaje de Grace, que en Dogville tenía los rasgos de Nicole Kidman, aquí los de la joven Bryce Dallas Howard –que, por cierto, está francamente bien en su difícil cometido– y en la futura Wasington(así, sin h) aún no sabemos. Es Manderlay una película inteligente y brutal que trata temas tan dolorosos y polémicos en los E.E.U.U. como la segregación racial, la esclavitud y el racismo, pero que también le da un buen repasito a algunos conceptos como la democracia, la libre elección y lo que el hombre es capaz de hacer con esa libertad, que sin duda van a levantar numerosas ampollas no sólo en la sociedad estadounidense, sino en cualquiera de las acomodadas occidentales, tan orgullosas ellas de lo que han conseguido a lo largo de las últimas décadas, olvidando que aún queda mucho camino por recorrer. La acción de la película, formalmente idéntica a Dogville –es decir, rodada en un único y enorme espacio interior, con un decorado compuesto de unos cuantos elementos sobrios y multitud de marcas en el suelo que delimitan las distintas estancias de la plantación donde se desarrolla la historia– arranca exactamente en el punto donde dejábamos a Grace y a su padre, tras haber arrasado por completo aquel pueblecito del interior de los E.E.U.U. salvajemente purificado de sus pecados. Ahora se topan con una plantación en Alabama, la Manderlay del título, en la que, pese a que hace ya más de setenta años que la esclavitud fue abolida –estamos en 1933–, todo sigue igual que entonces, con una población compuesta de varias decenas de negros y una vieja ama moribunda (Lauren Bacall, en un breve papel distinto del que hizo en Dogville, claro) que los gobierna. Grace, llevada por su inquebrantable espíritu idealista y bienintencionado, decide emprender una nueva misión tras la muerte del ama: enseñar a esos negros que no conocen otro mundo que el de Manderlay y ahora de repente manumitidos a disfrutar de las ventajas que les proporciona su nueva condición de hombres libres y dueños de su destino. La trama de "Manderlay", lo que sí queda bien patente en esta nueva propuesta del juguetón realizador danés es que tiene una mala leche considerable. Su película explora de nuevo a fondo, en un tono acaso aún más cínico de lo que lo hacía en Dogville, cómo las buenas intenciones, el idealismo ciego desprovisto de un cierto pragmatismo, pueden de nuevo acarrear desgracias sobre aquellos a los que se pretende ayudar. En mi opinión una película mucho más compacta que la primera, con un guión algo menos disperso y que elabora un contundente discurso que, sobre todo en su espléndida media hora final, que se sigue con los ojos abiertos como platos, no dejará a nadie indiferente. Algunos pueden argüir, no sin cierta razón, que Lars von Trier sigue elaborando densos tratados filosóficos en lugar de películas, pero a un servidor le apasiona la forma en la que el realizador danés, sin concesiones, deja al descubierto muchas de las vergüenzas ocultas o disimuladas en nuestra cómoda manera de dejarnos llevar por una autocomplacencia nada recomendable. Su cine provoca reflexiones tremendas y remueve las malas conciencias de los espectadores, y a mí un cine que provoca tales perturbaciones siempre me parece digno de admirarse.

Otras

Ranier Werner Fassbinder.Un Año con Trece Lunas.(1978) .Filmoteca.

Mike Mills. Thumbsucker.(Hiperactivo).(2006)

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