04 noviembre, 2006

LA EDAD DEL PAVO

Jean Paul, hijo de un maestro y organista, se llamaba en realidad Johann Paul Friedrich Richter y vino al mundo el 21 de marzo de 1763 en Wunsiedel. «No se deje», dijo más tarde en una ocasión, «no se deje nacer ni educar un poeta en una capital, sino a ser posible en un pueblo, a lo sumo en una ciudad pequeña. La opulencia y el exceso de estímulos de una gran ciudad son para el alma excitable de un niño una comida a base de postres, como beber aguardientes y bañarse en vino caliente. La vida se le agota en la infancia y después de haber conocido lo más grande, sólo desea a lo sumo lo pequeño, los pueblos. Si pienso en lo más importante para el poeta, el amor, en la ciudad ve alrededor del continente cálido de sus amigos y familiares las grandes zonas frías del solsticio y de los hielos de las personas no queridas con las que se encuentra como un desconocido y por las que siente tan poco amor y entusiasmo como la tripulación de un barco que se cruza con la tripulación de otro barco. Pero en el pueblo se ama a todo el pueblo y ningún recién nacido es enterrado sin que todos conozcan su nombre, su enfermedad y su tristeza, y ese magnífico interés por todo lo que tiene un rostro humano y que trasciende incluso al forastero y al mendigo, incuba un amor humano condensado y el pulso verdadero del corazón.»

Cuando Jean Paul, el escritor ya famoso, se prometió y casó en Berlín con la hija de un alto funcionario, había escrito el «Siebenkas» hacía tiempo y debía saber cómo es el amor y el matrimonio para personas que suelen llevar la cabeza en las nubes. El lo hizo a pesar de todo, y el matrimonio fue tan desgraciado y fue soportado con tanta dignidad como cabía esperar de él. Y de nuevo surgieron obras, más grandes, más inspiradas, más formidables: sus dos obras maestras, el «Titán» y«Flegeljahre». Aquí se encuentra el apogeo evidente de esta vida. El cénit ya había sido rebasado cuando se instaló en 1804 en Bayreuth donde solía encerrarse en la famosa Rollwenzelei con su material de escribir y su tarro de cerveza y trataba de olvidar en los placeres del pensamiento y la creación lo que no funcionaba en la vida. Y había muchas cosas que no funcionaban, aparte de algunas amistades y correspondencias, aquella vida no tenía una realidad, se deshacía en dos mitades, la que transcurría en la mesa de trabajo, con cerveza y vértigo creativo y otra anodina de rostro gris y cotidiano. Jean Paul no consiguió nunca juntar ambas partes, sin embargo, se reconoce que sus obras son las gigantescas obras de un genio. Pero ninguna de éstas se hubiera escrito si Jean Paul hubiese tenido la suerte de entenderse mejor con el mundo y consigo mismo. Todas ellas han nacido de esta discrepancia; esta insuficiencia, este vacío entre el aquí y el allá son realmente la fuente de toda su creación. En sus años de Bayreuth Jean Paul escribió aún algunos libros, innumerables artículos, prólogos, recensiones, discursos, reflexiones, aforismos, entre los que hay muchas cosas deliciosas pero la gran fuente estaba oparecía agotada, el enorme afán de producción se había convertido en una obsesión, y sólo al final volvió a brotar espléndidamente algo de la antigua fuerza en la novela «Der Komet» («El Cometa») que no llegó a terminar. Jean Paul murió el 14 de noviembre de 1825.

"Siebenkäs"

Cuando una persona empieza a sentirse vieja y enferma, cuando su ambición se debilita y sus objetivos pierden poco a poco su brillo, entonces surgen ante ella en horas de cansancio y en noches de insomnio las imágenes de su juventud, la contemplan desde mil ojos vivos, letra en el recuerdo de ambiciones olvidadas, de pasiones apagadas, de fuegos extinguidos del pasado, despiertan el recuerdo del amor que floreció, de la fuerza que ardió, de la alegría que brilló. Es posible que este recuerdo sea doloroso, es posible que esté lleno de melancolía y reproche, sin embargo es bueno, pues aunque todo lo pasado sea irrecuperable e irrepetible, desde su lejanía nos mira lleno de consuelo y admonición: consuelo porque todo sufrimiento pasa, admonición porque también los dolores y los miedos de hoy han de ser vividos, sufridos y probados y también ellos darán fruto. Así también en tiempos de esfuerzo agobiante y enfermedad dolorosa un pueblo volverá a las imágenes brillantes de su pasado en busca de consuelo y admonición, para encontrar el sentido de su esencia, la seguridad del sentimiento, la confianza en sí mismo.

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