11 enero, 2007

ESCRIBIR BAJO LA INFLUENCIA. MICROGRAMAS Y DEMÁS GARRAPATAS

El marqués de Sade se encuentra prisionero en la Bastilla. Ha sido trasladado recientemente desde Vicennes y se enfrenta a grandes dificultades como escritor.

Ante el peligro de que confisquen sus papeles idea la siguiente estratagema: copia los borradores que ya poseía y los amplía, escribiéndolos en hojitas de 11 cm. Pegadas unas a otras, que acaban formando un rollo de 12´10 metros de longitud, escrito en ambas caras con una letra minúscula. El trabajo lo realiza en 37 días, de 7 a 10 pm, terminándolo el 27 de noviembre por la mañana. El resultado es un pequeño libro que puede esconderse en cualquier lado y escapar así de la censura.

Sin embargo, no llega a terminar la obra. Todavía estaba incompleta cuando lo trasladaron a Charenton, sin darle tiempo a recuperar el manuscrito que fue recogido por un tal Arnoux Saint- Maximin el famoso día del asalto a la Bastilla. Este hombre lo ofreció al marqués de Vilenueve- Trans y su familia lo conservó durante varias generaciones. De este modo, casi milagroso, el pequeño rollo pudo sobrevivir no sólo a la censura sino al paso del tiempo y aún pasaría por diversas manos hasta que a principios del siglo xx aparecen las primeras ediciones, primero en Alemania y luego en Francia.

Sade siempre tan meticuloso en los detalles libertinos, divide las perversiones ( él las llama pasiones) en cuatro grupos: simples, dobles, criminales y asesinas. En cada una de las cuatro partes del libro se describe uno de los grupos.


Pero aún podría haber sido peor, la obra está incompleta. Sade dividió las 120 jornadas en cuatro meses (noviembre, diciembre, enero y febrero) cada uno con 150 perversiones (5 cada día), lo que hace un total de 600.


Robert Walser, aunque en las biografías se insiste en que se internó por decisión propia, caminaba por el filo de la navaja como poco, y sus escritos tienen ese eco de los Hölderlin, Swedenborg o Strindberg.

Estos microgramas , son un montón de hojas escritas originalmente en letra microscópica, en cuadriláteros perfectos, en perfecto alineamiento, y que el autor llevaba en una maleta de acá para allá en las vísperas y primeros años de su ingreso en el psiquiátrico. Para que no falte de nada, están escritos a lápiz para librarse del "tedio de la pluma", que lo sumía en un "decaimiento que, por así decir, se reflejaba en la escritura a mano, en la disolución de la misma". Cuando ingresó voluntariamente en Waldau estaba encantado, como Hölderlin, de "poder soñar en mi modesto rincón".


"A veces me comporto de manera algo frívola, como ayer, cuando me presenté en la imponente mansión de una gran dama. La casa merece el título de hotel. Pregunté por la señora y, cuando la tuve enfrente, le pedí un mendrugo de pan. Estaba hambriento".


"Pero ¿acaso es sensato expresarse con claridad? ¡Oh, cómo me tortura el sol en su cénit! Ella lleva ahora un sombrero de paja y camina algo inclinada, con paso indeciso. La gente insegura puede desconcertar a la gente segura. Es decir, la gente segura convierte en segura a la gente insegura. ¿Tiene de veras el arte la misión de hacer flaquear con las flaquezas? ¡San Sebastián!".

"Al suave viento del Este, colgado de la robusta rama de un roble, un gran duque que se había ahorcado agitaba los pies luchando por abandonar el reino de la absoluta certidumbre. Los idealistas descansaban tiesos en sus tumbas, implacable realidad. Qué cruel y afilada es mi pluma".

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